La fecha de mi cumpleaños también me ayuda a ver el violento retroceso de los derechos de las mujeres que se está produciendo ahora como una respuesta a la independencia que estos derechos legales nos han otorgado. Olvídate del horror de llegar a la mediana edad y estar sola, no hay nada que aterrorice más a una sociedad patriarcal que una mujer que es libre. Que pueda estar mejor sin permiso ni supervisión es francamente insufrible.
Mi entrada a la mediana edad tenía ciertamente los ingredientes de una historia desagradable.
Como muchas personas, pasé los primeros meses de la pandemia sola. Fue el tipo de confinamiento solitario que la ciencia popular, y ciertos hombres con plataformas, disfrutan recordándonos que será el terrible futuro que le espera a una mujer que permanece soltera por mucho tiempo. No me tocó nadie. Tampoco fui olida por nadie, lo que puede parecer una observación extraña, pero es aún más extraño vivirlo. Invisible salvo para el exterminador del edificio y los porteros que quedaban en el Upper West Side, quienes me saludaban amistosamente en mis paseos nocturnos por la Nueva York vacía de la covid.
Sola, soltera, sin hijos, pasado mi supuesto mejor momento. Una caricatura, según la cultura, una identidad marginal; una tragedia o un chiste, según se prefiera. Como mínimo, un cuento con moraleja.
En agosto de 2021, estaba desesperada, no por una relación, sino por una conexión. Compré un boleto a París, un lugar donde había pasado gran parte de mi tiempo libre antes de la pandemia y donde tenía un grupo de amigos.
París, me recordé, prioriza el placer. Viví toda la experiencia: queso, vino, amistades, sexo.
Al principio fue chocante. Estaba mal preparada para conseguir lo que quería, lo que parecía que había convocado. Hubo momentos en los que me pregunté si debería sentirme avergonzada. Pero nunca me había sentido tan libre ni tan yo misma. No sentí vergüenza ni culpa, solo la emoción de saber que estaba ejerciendo mi libertad.


